sábado, 30 de junio de 2018


Semana del 24 al 30 de junio del 2018


Viaje Madrid (III)

3 de junio

Los días exentos de obligaciones familiares son de los que mejor se disfrutan. Siempre comienzan con un desayuno tranquilo, copioso y un paseo por los alrededores para comprobar si todo sigue en su sitio. Y me llevo la primera sorpresa. El kiosco de los periódicos de la plaza de la Puerta de Alcalá está cerrado y además han quitado otro pequeño donde se podía echar la bonoloto y demás juegos de azar. No cuesta mucho dar con otro que venda periódicos, revistas y multitud de chucherías que pueden interesar a los numerosos turistas que circulan por los alrededores, unos dirigiéndose al Retiro y otros haciendo peligrar sus vidas por sacarse una buena foto teniendo como fondo la famosa Puerta. Algunos se colocan en medio de las vías de circulación de coches sin fijarse siquiera  en si el semáforo está rojo o verde, o cruzan valientemente la plaza para ponerse en la zona ajardinada que la rodea.


Vuelvo al hotel y después de un período de descanso nos decidimos a dar una vuelta por la calle Serrano, con la suerte de que, a pesar de ser domingo, todas las tiendas de moda están abiertas. La tentación es tan fuerte que entramos en Bimba y Lola, y después de un par de vueltas por los expositores salimos con la bolsa correspondiente no muy llena pero sí con cosas bien seleccionadas.

Cuando volvíamos hacia el hotel nos vimos sorprendidos por una musiquilla agradable  que primero nos pareció que salía de alguna de las tiendas de moda por las que pasábamos, y al comprobar que no era así, acerqué el oído a la mochila de oxígeno por si provenía de ella, hasta que caí en la cuenta que la emitía mi propio teléfono en el que, de manera inconsciente y casual, debía haber activado alguna de las múltiples funciones que desconocía. Me apresuré rápidamente a desactivarla ya que sabía, por experiencias anteriores, que podía ser una aplicación de esas que activas sin enterarte y que luego las pagas mensualmente, y que además el darte de baja te cuesta un par de años.

Regresamos al hotel, se hicieron las pruebas pertinentes para comprobar que las tallas de lo comprado eran las adecuadas, y nos bajamos a la cafetería para hacer lo que podría denominarse ‘una comida simulada’. Una cervecita con patatas fritas y frutos secos, los clásicos cacahuetes, ya que por ser domingo no había a disposición de los clientes ni la consabida tortilla de patatas.

Y por la tarde, merienda familiar a la que aportamos un surtido de bollería del Mallorca y, esta vez sí, con todas las variantes disponibles. A pesar de este refrigerio no faltó, antes de acostarnos, el ya clásico vaso de leche acompañado con las sobras del pan de frutas del día anterior.



4 de junio

El lunes es el día de la esperanza, por lo menos para mí. Al salir, siempre llevo en el bolsillo los comprobantes de la bonoloto, lotería primitiva y euromillones de la semana anterior, y que nunca compruebo a lo largo de los días, para ver si la suerte me da una sorpresa. Y eso, aunque esté de viaje. Y esta vez no iba a ser una excepción. Aunque, como había comprobado ya la desaparición del kiosco de loterías de la plaza de Independencia, lo primero que hice fue acercarme a comprar el periódico e indagar sobre el lugar más cercano donde tramitar mis combinaciones de números.


Compré el periódico, pagué 10 cts más que lo que pagaba habitualmente por la misma prensa en Andalucía, y tomé la calle Serrano para acercarme hasta el cruce con Goya que era donde, según el que me atendió, estaba el despacho de loterías más próximo. Iba tan ensimismado y dándole vueltas a la cabeza para tratar de adivinar el por qué de los 10 cts de más, que me cogió por sorpresa el que una joven me impidiese el paso en mitad de la acera, pidiéndome que, por favor, le contestase a una encuesta. Era de esas que, como siempre, te anuncian como muy cortas y luego no dejan de dispararte cuestiones y solicitarte datos que uno no tiene ganas de contestar ni de desvelar. Salvé la situación como pude, escudándome en que tenía prisa por llegar a una cita, y manteniendo la esperanza de la encuestadora prometiéndole que a la vuelta me detendría a atenderla, y seguí mi camino. Después de comprobar que mi esperanza no iba a tener por el momento respuesta alguna y pagar los papelitos que la mantuviesen hasta el lunes siguiente, volví al hotel, pero por la acera opuesta  a la que había ido hasta el cruce con Goya con la sana intención de zafarme de encuestas y encuestadoras.

Ya era casi mediodía cuando volvimos a salir ambos del hotel a dar una vuelta que nos llevó a la tienda de Adolfo Domínguez y comprar allí un par de niquis para mí, tal vez para equilibrar las adquisiciones realizadas el día anterior en Bimba y Lola. A la salida, cruzamos la calle para sentarnos en la terraza de la cafetería Mallorca y tomar algo, y ese algo se concretó en un cortado acompañado de un pastelillo, a pesar de que la hora aconsejaba encargar algo más contundente, tal vez, un plato combinado o, como mínimo, un sándwich mixto.

Vuelta al hotel, descanso y ejercicios de relajamiento para prepararnos a la visita familiar que teníamos prevista. Todo fue sobre ruedas, incluido el tentempié que tomamos a base de sobras de todo tipo de productos, incluidos unos tirabeques cocidos que en mi época juvenil solía contemplar, que no probar, cómo se los comía con enorme fruición mi patrona de pensión, aunque en aquella época los conocía bajo la denominación de ‘bisaltos’.

Y de vuelta al hotel donde, a falta de valeriana, nos adormecimos con algún programa de TV del que ni siquiera guardo recuerdo alguno.


5 de junio


Se unieron un par de circunstancias para dar como resultado el que este día tuviéramos comida familiar.

La primera, mi rotunda afirmación de que yo ya había comido verdiñas hacía tiempo, en el mismo comedor familiar y cocinadas por la misma ‘chef’. Aparte de desmontar mi afirmación con todo lujo de detalles, me insistieron en que no se llamaban ‘verdiñas’ sino verdinas y, además, que esta vez no se me iba a olvidar nunca lo que iba a degustar, pues tenían la intención de prepararlas con bogavante.

La segunda, las dudas surgidas en la confección de una mantelería propia de una mesa medieval de cuarenta comensales, y cuyos adornos había que determinar dónde se colocaban, cosa que tenían que decidir entre la experta y la que por primera vez se enfrentaba con un mantel de tales dimensiones.

Pero volvamos a lo que nos interesa.

Dado el plan que teníamos,  empleamos la mañana en relajarnos, y una de las veces que salí a fumar compulsivamente un cigarrillo al balconcillo de nuestra habitación del hotel, me dí cuenta que en un hueco que había con el edificio colindante habían conservado un magnolio que en ese momento estaba floreciendo. Ante esta rareza de respeto ecológico en pleno centro de Madrid, no pude evitar el sacar una fotografía con el fin de que quedase constancia para la posteridad.



Las verdinas fueron al ‘dente’ y, para evitar efectos nocivos para el aparato digestivo, optamos por ser prudentes y comedidos. Y prácticamente sin tiempo ni para iniciar la digestión, nos trasladamos al adosado de las afueras con la intención de crear lo que ahora se denomina un ‘huerto urbano’. Es decir, para plantar esa serie de hierbas y pequeñas hortalizas que prácticamente crecen solas y no exigen demasiados cuidados si están en un sitio soleado y con el riego adecuado: perejil, albahaca, cilantro, piparras,…

Todo transcurrió según lo previsto e incluso hubo tiempo para experimentar con los críos tratando de fabricar jabón con aroma de manzana.




Después de una agradable cena, y casi sin motivo aparente y por sorpresa, nos volvimos a los madriles en taxi e intentamos descansar. Y no se sabe si por las verdinas al ‘dente’, por la cena de picoteo o por el vino trasegado, el caso es que pasamos lo que se denomina una noche toledana. 

sábado, 23 de junio de 2018


Quincena del 10 al 23 de junio del 2018

Viaje Madrid (II)

1 de junio

Nos levantamos tranquilamente, pues la hora de salida ni la habíamos prefijado ni era necesario hacerlo, ya que la intención que teníamos era entrar en Madrid al inicio de la tarde, lo que nos daba un margen horario amplio para comenzar la segunda etapa de nuestro recorrido.


Lo primero que hicimos fue comprobar la carga de la batería de la mochila de oxigeno ya que la necesitábamos al 100% para poder salvar la distancia que nos separaba del comedor, a lo que había que añadir el tiempo que íbamos a permanecer en él mientras desayunábamos.

Todo salió a pedir de boca, es decir, como habíamos previsto. Primero, porque en los interminables pasillos siempre había, cada cierta distancia, un lugar donde sentarse y descansar y, segundo, porque intentamos aprovecharnos del surtido buffet que estaba a disposición de los hospedados para compensar o desquitarnos de alguna manera el mal sabor de boca que nos había dejado la fallida cena de la noche anterior. Y antes del mediodía ya estábamos circulando por la autopista que nos llevaba desde Jaén al enlace con la A-4 en Bailén.

La entrada en Madrid se la confiamos al navegador que, si por un lado sabe aplicar el criterio ‘’recorrido más corto’’, no tiene ni idea, por ahora, de determinar ‘’recorrido menos congestionado’’. Así que a la salida de la R-4, nos incorporó de nuevo a la A-4, haciéndonos tomar el enlace de la M-42 y desembocar finalmente en la M-30. Pero como en algunos de los tramos confluían más de una vía de servicio, la acumulación de coches y las trampas de algunos conductores ‘listillos’ provocaron embotellamientos y retenciones que nos hicieron recordar con nostalgia nuestras anteriores entradas en Madrid sin navegador por la M-50 y la M-45 que, aun siendo más largas, nos hubieran permitido acceder a la calle O’Donell más rápidamente.

Y al llegar al hotel, tuvimos el primer detalle agradable. No se sabe si por clientes veteranos o por ser veteranos clientes, el caso es que bajaron de Recepción al parking para hacerse cargo del equipaje. Y una vez instalados, cada uno se dedicó a lo que podíamos denominar ‘actividades complementarias’. Por un lado, peluquería; por otro, compra de productos básicos para nuestra estancia en cualquier hotel, y entre los que no pueden faltar en ningún caso la leche y las botellas de agua mineral.

Y con la cena familiar, de cara a los jardines del hotel, se dio por finalizada la jornada.


2 de junio


Y llegó el día de la celebración de la Primera Comunión de una sobrina-nieta, que es lo que había sido el motivo de que nos encontrásemos en los madriles. Menos mal que la ceremonia se celebraba al mediodía, y hubo tiempo para recomponer al máximo el aspecto exterior mediante ‘afeites’ y la vestimenta adecuada. Esta última, seria pero no exenta de toques, si no juveniles, sí lo suficientemente elegantes como para no desentonar. Y hubiésemos obtenido unos resultados mucho más satisfactorios si no llevásemos tantos años a nuestras espaldas, lo que no impidió que saliésemos del hotel muy conformes con la imagen que dábamos.

Cuando llegamos a la Parroquia, lo primero que hicimos fue apresurarnos a incorporarnos al grupo de los ‘’mayores’’ que ya habían ocupado los bancos asignados a las familias de los primeros comulgantes. Y mientras esperábamos el inicio de la celebración, y en parte para no aumentar el nivel de los decibelios en el interior del templo, originados por los saludos, parabienes y cruces de piropos entre familiares que se reencontraban después de meses o años sin verse, me dediqué a observar a las personas de edad que me rodeaban para identificar a aquellas a las que el paso del tiempo hubiese maltratado más que a mí. Y de esa manera, tener por lo menos un asidero en el que agarrarse para no caer en el pozo de pensamientos deprimentes al que te asomas cuando llevas más de un cuarto de hora entre gente joven, alegre y parlanchina que acepta galantemente tu presencia pero que en sus diálogos ligeros e intrascendentes te sientes incapaz de participar. 

Al final de la ceremonia me olvidé de saludos, enhorabuenas y palmaditas cariñosas, y me dediqué a lo que consideraba más importante: reunir al pequeño ‘rebaño’ que tenía que trasladar a la residencia familiar donde íbamos a tener, según noticias fidedignas,una comida informal y multitudinaria. Lo que parecía que iba a ser sencillo, se complicó al salir en tromba de la parroquia los cientos de asistentes que se distribuyeron aleatoriamente por la pequeña explanada y la escalinata que existían a su entrada,
Pasé unos minutos entre los grupúsculos que se habían formado espontáneamente, mirando en todas direcciones. Trataba de localizar a la única persona que, entre aquel gentío, llevaba sombrero, pues tenía la intuición de que, junto a ella, estarían los familiares de cuyo traslado nos habíamos encargado. Y así fue.

Localizadas y situadas convenientemente junto a un semáforo las personas que iban a venir en nuestro coche, fui al aparcamiento del Bernabeu situado enfrente de la parroquia, donde comprobé que ya no iba a poder quejarme del precio de los parking públicos de ninguna ciudad española: por unas dos horas…¡¡8 €!! ¡La recaudación que debían tener los domingos de partido del Real Madrid!

Llegamos sin mayores problemas al chalet adosado de las afueras donde iba a ser la comida que, a parte de un pequeño jardín, disponía de una salida a las amplias zonas comunitarias de la urbanización a la que pertenecía. Y los invitados nos fuimos distribuyendo por los distintos espacios disponibles aleatoria y libremente, pero cuyo resultado fue una separación, no por sexos, sino por edades. Una parte de la zona comunitaria se convirtió en el parque infantil al que, al cabo de unas horas, se  incorporaron un par de animadoras para entretener a los más pequeños. El jardín y la zona de la cocina que daba al mismo, fue el elegido por los matrimonios jóvenes no se sabe si en razón de estar próximos a sus retoños o porque era el lugar donde estaban dispuestos un par de barreños metálicos con hielo y cervezas de distintas marcas. Y en lo que podía considerar salón-comedor, que disponía de asientos, butacas y sofás confortables, se aposentaron nada más llegar y sin dudarlo los de mayor edad, y tal vez impulsados por razones prácticas, ya que era la zona más próxima a la entrada y al servicio. Esto no quiere decir que esta distribución inicial fuese estática pues se producía de vez en cuando un trasvase de personas de un espacio a otro, aunque solo fuese motivado por razones de la más elemental educación, es decir, para saludos y presentaciones.

Tanto la comida como su organización habían sido realizadas y diseñadas por los propios anfitriones. Habían decidido qué platos hacer, los habían cocinado previamente, y habían conseguido la colaboración de tres personas que, circulando entre los invitados, ponían a disposición de los mismos pequeñas raciones que se aceptaban, se rechazaban o, incluso, se solicitaba la repetición de cualquiera de ellos sin ningún problema. Y la lista de ‘’platillos’’ fue larga.

  

Todo salió a la perfección y, además, el sistema de presentación de las distintas preparaciones culinarias permitió conversar, intercambiar recuerdos, actualizar relaciones y hasta hacerse fotos con unos y otros.


Como puede deducirse de la abultada lista del catering ‘casero’, la comida ‘informal’ se alargó durante más de tres horas, por lo que las idas y venidas al servicio se multiplicaron. En un paréntesis de las mismas, aproveché para ir a liberar de líquidos mi sistema excretor y allí sufrí en mis propias carnes las dificultades que generan los nuevos diseños de ropa interior de caballeros. No sé si los que los realizan lo hacen en nombre de las feministas y para lograr la igualdad de sexos, pero el caso es que el resultado es una prenda con tantos laberintos que, si tienes micción compulsiva o urgente, no te da tiempo a encontrar lo que tienes que encontrar y acabas bajando la prenda como unas bragas cualesquiera y sentándote como todas.

De planificar el fin de fiesta se encargó la naturaleza. En un momento determinado, los que estaban en la zona exterior avisaron de que se acercaban ‘’cumulonimbos de desarrollo vertical’’, como dirían los meteorólogos, lo que hizo que me apresurar a ir a buscar el coche, que estaba a cierta distancia, para acercarlo a la puerta de la casa. Me dio tiempo para acercarlo, pero nada más salir del coche para avisar a los previsibles pasajeros, cayó una tromba de agua que me empapó de arriba abajo y de de fuera adentro. Esperamos que escampara un poco, y sin hacer caso de los malos augurios de algunos sobre las balsas que se formaban en la M-30, los interesados nos pusimos rumbo a Madrid. Todo fue sobre ruedas, nunca mejor dicho, y llegamos sin incidencias a nuestro lugar de residencia


Como no era cosa de irnos a dormir con el estómago vacío, me di una vuelta por el Mallorca cercano al hotel de donde no me pude traer más que el último tortel que quedaba junto con pan de frutas que nunca había probado. Así que, mojando en leche lo que había comprado, nos relajamos un poco y….¡a descansar!

lunes, 11 de junio de 2018


Quincena del 27 de mayo al 9 de junio del 2018

Viaje Madrid (I)

31 de mayo



Los viajes, cuando estás jubilado, son de lo más tranquilo ya que sales y llegas a tu destino sin prisas y sin agobios. Los agobios los has tenido previamente, pues lo que más cuesta es decidir lo que vas a llevar, tema que se complica cuando tienes que colocarlo adecuadamente en las maletas. No pueden ser muchos bultos ni muy pesados, pues la edad obliga a simplificar las operaciones de carga y descarga en el transporte que utilices.

Salimos antes de lo previsto y a una velocidad de crucero (nunca mejor dicho) menor que la permitida. Con tranquilidad. Y eso permite observar cómo te sobrepasan los coches a velocidades que te parecen supersónicas. Sobre todo en las autopistas de peaje donde circular a 140 km/hora o más es la cosa más normal. Con la cantidad de cámaras que tienen los coches modernos no sé cómo no se le ha ocurrido a la Guardia Civil de Tráfico proporcionar a los jubilados un aparato de radar, con cámara e impresora incluidos, para controlar la velocidad de los que nos adelantan. ¡Iban a aumentar la recaudación por multas más del 100%! Pero hay una situación que te reconforta y que te confirma que más vale ir a una velocidad constante que poner el coche a 150 km/hora o más durante unos minutos. Y esa situación se da cuando has visto, o mejor, cuando has sentido que te superan por tu izquierda, como una exhalación, un BMW, un Audi o incluso un Polo, y a los pocos kilómetros te los encuentras en un peaje peleando con el pago automático. Que si no entra la tarjeta, que si te la ‘escupe’ la máquina varias veces hasta que te das cuenta que la estás introduciendo en la ranura del pago con billetes,…Y tú, mientras, en la vía de pago adyacente cumples con tus obligaciones y te vas. Y con regodeo, permaneces atento para comprobar cuántos minutos han pasado hasta el momento en que te rebasa otra vez.

La entrada en Jaén la hacemos fiándonos del navegador que, a pesar de las vueltas que nos hace dar, nos deja en la explanada de entrada al Castillo de Santa Catalina, o eso creíamos. Como al castillo original se le han unido una serie de edificaciones a lo largo del tiempo, y acomodándose siempre al ancho de la cornisa del cerro sobre el que estaba construida la antigua alcazaba, el Parador que se edificó en los 60 del siglo pasado tiene una planta rectangular con una longitud desproporcionada respecto a su anchura. Y, por lo tanto, donde estábamos era en la explanada de entrada al Parador y no a las puertas del castillo.

La altura relativa del citado cerro respecto a su entorno y sus laderas abruptas, proporcionan unas vistas amplias tanto hacia el lado sur 




como en el opuesto, que está orientado hacia Bailén y la meseta 





Al entrar en Recepción comenzaron las dificultades. Al asignarnos habitación e indicarnos hacia dónde teníamos que dirigirnos, debimos poner tales caras de desánimo que, sin dudarlo un instante, la señorita que nos había hecho el ‘check-in’ salió de detrás del mostrador y, haciéndose cargo de los bultos que llevábamos, nos dijo que le siguiéramos. Atravesamos un salón que estaba a distinto nivel y, al ver que no estábamos dispuestos a utilizar las escaleras que llevaban a la primera planta, nos condujo a un ascensor semioculto. Al salir del mismo nos pidió amablemente que le siguiéramos, y enfilamos un pasillo interminable que, para los que tienen dificultades respiratorias, produce ahogos y angustia con solo percibirlos. Cuando creíamos que estábamos en la habitación asignada,  nos llevamos otra sorpresa. Nada más abrir la puerta, la recepcionista se dio cuenta de que la habitación no estaba en orden de revista y, después de hacer un par de gestiones telefónicas, nos acompañó, algo compungida por los resuellos que escuchaba a su espalda, a otra habitación más alejada todavía. ¡No nos consoló ni la medieval cama con dosel de que disponía! 


Después de descansar lo suficiente y necesario para recuperar una respiración normal, uno a base de un cigarrillo en la terraza y la otra gracias al oxigeno que le proporcionaba su mochila portátil, y como habían contratado el denominado Gastropack, se acordó que antes de tomar ninguna decisión se indagase en persona dónde estaba ubicado el comedor. ¡Y hete aquí que estaba en el extremo opuesto del edificio! Para hacerse uno una idea, al de los cigarrillos le dio tiempo para fumarse, y no compulsivamente, dos cigarrillos, uno a la ida y otro a la vuelta.

Al final, menos el precio, se redujo todo. En vez de dos cenas, una solo, pues los problemas respiratorios les impidieron disfrutar de la otra, y el del cigarrillo volvió a recorrer el Parador de extremo a extremo. En esa única cena, se pidió lomo de merluza, pero la merluza origen solo debía tener cabeza y cola, ya que le sirvieron ésta última. Bien emplatada, como dirían los Master Chef, pero cola, no lomo; triangular, no rectangular. Y a descansar, que al día siguiente continuábamos viaje a Madrid.

sábado, 26 de mayo de 2018


Semana del 20 al 26 de mayo del 2018

¡Por fin unos cuantos días con sol! Todos (y todas, ¡claro!) andaban con ganas de ‘’charrear’’, como dirían algunos hispanohablantes, a costa de los relatos cortos del Pirulo.

- ¡Menos mal que mis oraciones han surtido efecto! Van desapareciendo las borrascas y espero que no vuelvan, comentaba en un grupillo el Guindilla. Y lo digo porque si en la próxima concatenación de bajas presiones le da al Pirulo por escribir, es capaz de montar una serie al estilo de la de ‘’Allí abajo’’.

- ¡No es para tanto! Por lo menos da ‘carrete’ a su imaginación y no la emplea en imaginar maldades y diabluras, dijo la Surfi. Como las que practicaba en su juventud con nuestras congéneres de la ría del Urumea.

En ese momento se oyeron una serie de graznidos procedentes del otro extremo del pequeño pinar colindante con la pequeña playa de Lindavista

- ¡Eh! ¡Vosotras! Dejaros de murmuraciones y de formar grupillos y veniros p’acá, con el resto del grupo.

El tono y timbre de los graznidos no dejaba lugar a dudas sobre quién era la que los emitía, así que el Pisha y sus incondicionales se aproximaron rápidamente al lugar de donde procedía la propuesta, que más parecía una orden de obligado cumplimiento.

- De murmuraciones, ¡nada de nada!, se excusó el Pisha nada más llegar. Estábamos comentando las buenas dotes de cuantacuentos, o de cuentista  o como se diga del Pirulo, pues nosotros además no tenemos su riqueza de léxico. ¡Hierofantes! Hipocondria! ¿Y de donde se ha sacado las palabrejas? ¿de las inscripciones de los sarcófagos fenicios de Cái?

- ¡Hay que ser un poco más cultivado, Pisha! O por lo menos intentarlo, le contestó el Filloas, que tenía fama de lingüista. Y prosiguió. Hierofantes viene del griego y eran así denominados los  sacerdotes de Eleusis, y que ahora se aplica a los maestros de nociones recónditas. E Hipocondría también, aunque me reservo la explicación de su etimología para no fundir las conexiones de tus escasas neuronas cerebrales.

- Filloas, ¿y por qué no te metes con el Borni y le explicas la etimología de Puigdemont? , contraatacó la Surfi.  Que según he oído es algo así como ‘’Cerro del monte’’, o dicho en lenguaje paladino, no sabe ni lo que es. ¿Será cerro? ¿Será monte? ¿Será President? ¿Será fugado en búsqueda y captura?

La Txuri-Txori, no se sabe si con buen criterio o para evitar verse involucrada en una discusión interautonómica, intervino rápidamente interrumpiendo la inconsciente ‘puya’ de la Surfi.
- Dejemos los temas pasados de moda y vayamos a lo positivo y más importante. ¿Ganará el Madrid la Champion? ¿Saldrá algún condenado en la sentencia de los EREs? ¿Quién será el nuevo entrenador del Athletic?
- En tu tierra solo existe lo del entrenador del Athletic? ¿No te olvidas de otras cosas?, intervino el Borni, sonriente por primera vez desde hacía mucho tiempo.

Y dirigiéndose a la Txuri-Txori, prosiguió

- Por ejemplo eso de que a vuestros jubilados se les ha acabado eso del paseo matutino de protesta por las pensiones pues, según dicen, vuestro lehendakari ha logrado que les suban el IPC, pues con su voto han aprobado los presupuestos del 2018. ¿O son tan obstinados como vuestros ‘harrijasotzaile’ y van a seguir pidiendo más aumento?

- ¡Tú calla, Borni! Que vas a desaparecer en cualquier momento para ir a votar de nuevo a tu tierra, o para ver cómo os va sin el 155, le contestó la aludida. Que antes se decía eso de que ‘’El que se fue a Sevilla, perdió su silla’’, y ahora dicen que ‘’El que se fue de Cataluña con el ciento cincuenta y cinco volverá tras unos cuantos años hasta dando brincos’’. Y no me refiero a nadie. Lo malo es que aun no se sabe si formaréis gobierno, pues vuestro nuevo president está empeñado en nombrar ministros a encarcelados y fugados. ¿Os imagináis la que se armaría si el presidente de todos nosotros quisiera nombrar ministro a uno de los de la Gurtel? El mayo del 68 francés parecería una verbena pueblerina comparada con la que se iba a organizar en la mayoría de las autonomías.

La Tatiqui, como cada vez que intuía un intercambio de dardos afilados que podía acabar en descalificaciones y algo peor, llamó a la calma y como quien no quiere la cosa, propuso lo siguiente:

- Si no tenéis mejor cosa que hacer que enredaros en discusiones inútiles y que no llevan a ninguna parte, vamos todos a nuestro refugio de invierno y lo recogemos entre todos que en un santiamén se nos echa encima el verano. Y si nos da tiempo lo vamos adecentando para los días de calor.

Y sin dar tiempo a la más mínima réplica, levantó el vuelo y se dirigió a las Termas de Guadalmina, volviendo la vista atrás para comprobar si el resto del grupo le seguía.  Y así fue, pues todo el mundo sabía que salía más ‘barato’ cumplir sus deseos que discutirlos o ponerlos siquiera en duda.


domingo, 20 de mayo de 2018


Quincena del 6 al 19 de mayo del 2018




HIPOCONDRIA JUBILAR


Cuando se despertó de su breve e intranquilo período de somnolencia que, como siempre, se había iniciado a mitad del telediario de las tres de la tarde, se sintió incómodo y desasosegado. No tenía ni idea a qué se debía esa sensación, ya que no podía haber sido originada las imágenes de la película que emitía en ese momento 13tv, pues eran las mismas que se ofrecían en esa cadena cada siete o diez días, y su visualización no había producido en ocasiones anteriores ningún efecto pernicioso ni de ningún otro tipo.  Cerró los ojos e intentó poner en marcha alguna de las técnicas de autoreflexión y de autocontrol de emociones que había practicado en otros tiempos. Pero en vez de conseguirlo lo que provocó fue que volviesen a su memoria, como un tsunami, los recuerdos de las faenas que le hacía su jefe  en su anterior trabajo y que, por recomendación del médico de cabecera, le llevaron a una de esas escuelas orientales de meditación trascendental y control corporal.

El jefe le tenía enfilado desde el día en que se le ocurrió demostrar, ante el propietario, el error que había cometido su superior y que afectó seriamente al reparto de productos perecederos del que se encargaba la empresa. En principio, el error se lo habían cargado a sus espaldas, pues era el responsable de la logística, es decir, de definir a cada conductor el recorrido que tenía que hacer, previamente calculados de manera que los kilómetros recorridos y los tiempos empleados fuesen los mínimos posibles. Y fue gracias a que siempre conservaba los papeles en los que se consignaban qué productos y a qué destinatarios había que entregarlos. ¡Y ahí se pudo comprobar la equivocación! Había destinatarios y productos cruzados, algo que una vez realizado por el personal de atención al cliente, tenía que supervisar el jefe. Y desde entonces trataba de entorpecer y hacer fracasar mis cálculos contratando repartidores autónomos entre emigrantes, muchos de ellos magrebíes y, para colmo, algunos sin papeles. Y como no conocían la zona, no entendían los recorridos que se les proporcionaba o se los saltaban al menor atisbo de que podían encontrarse con cualquier autoridad local o estatal que controlase el tráfico. Con lo cual, nunca se cumplían las previsiones de kilometrajes ni de tiempos programados. Y cuando intentaba convencer al propietario de la conveniencia de cambiar de repartidores, el jefe contraatacaba argumentando que con ese tipo de ‘autónomos’ el ahorro era considerable.

Y en esos pensamientos estaba entreteniéndose, cuando una punzada en la tripa, en una zona próxima al ombligo, le rompió el hilo de la rememorización de su vida laboral pasada y le centró en lo que él, en ese momento, consideraba más importante.

Y eso le llevó a hacer un repaso pormenorizado de lo que había ingerido en las últimas 48 horas, prestando especial atención a las cenas, en las cuales tenía propensión a ‘pasarse’ con los ‘bocatas’, cuyo tamaño y contenido no era el más apropiado ni para su edad ni para el momento del día. Y además, siempre los acompañaba de una buena cerveza.

Estaba llegando a la conclusión de que tanto las  cantidades como los ingredientes utilizados no se diferenciaban en nada de los usuales, cuando un retortijón, esta vez intestinal con toda seguridad, le hizo doblarse en dos, y le hubiese tranquilizado a no ser por una especie de sofoco que le invadió, acompañado de lo que él creía que era una taquicardia. En el momento en el que la intensidad de las sensaciones se debilitó lo suficiente como para que su cerebro empezase a funcionar normalmente y dejase de estar relacionando neuronas en modo ‘diagnóstico’, trató de identificar todos los síntomas del funcionamiento anómalo de su cuerpo.  Y por orden de aparición, concluyó que habían sido los siguientes: incomodidad general, desasosiego, punzada dolorosa en cavidad intestinal, retortijones, taquicardia y sofocos.

Y ni corto ni perezoso se fue al ordenador, lo encendió, se conectó a internet, y anotó uno detrás de otro en el Google y separados por un signo +, las tres palabras que él consideraba claves: retortijones+ taquicardia + sofocos. Y le aparecieron nada menos que 1.930 resultados, y muchos de ellos dedicados a la fisiología femenina, detalle que no concordaba en absoluto con su situación. Hasta figura entre ellas una llamada en la que calificaban al glutamato sódico como un producto neurotóxico y, por lo tanto, peligroso para la salud. Y para colmo, presente en la mayoría de los productos transformados. Como le pasaba siempre que entraba en internet, estuvo tentado de acceder a esos vídeos que hay en ‘youtube’, y que explican todo lo habido y por haber, pero se resistió. Y al ver que los resúmenes de las llamadas no le aclaraban nada, anotó directamente en el buscador las palabras ‘’angina de pecho síntomas’’. Abrió al azar una de los enlaces que se le ofrecían y se encontró con que entre los posibles síntomas que nombraban estaban algunas de las sensaciones que había experimentado aunque, a decir verdad y entretenido como estaba, en ese momento habían desaparecido casi totalmente. Volvió al salón y se dejó caer en el sofá preocupado, por una parte, por lo que había leído y las coincidencias con lo que le ocurría que, a pesar de ser consciente de que su imaginación las magnificaba, no dejaban de mantenerle en vilo. Y, por otra parte, atento a la aparición del más leve indicio de opresión pectoral que, de sentirla, sabía que iba a impulsarle a coger el teléfono y marcar el 112.

lunes, 7 de mayo de 2018


Semana del 29 de abril al 5 de mayo del 2018

Por lo menos que haya flores, que estamos en mayo




Buganvilla con una semana de diferencia


La otra cara el 7 de mayo



Hiperastium blanco



Camelia

martes, 1 de mayo de 2018


Semana del 22 al 28 de abril del 2018

Y esta semana otro relato del Pirulo y unas cuantas flores de las que estas creciendo estos días







EL EXPEDIENTE FANTASMA

Estaba harto, enfadado o, si no mejor dicho sí más claro, cabreado. Me levanté de mi mesa de trabajo y, sin mirar siquiera a mis subordinados, me dirigí a los ascensores que me conducirían a la salida del edificio en el que estaban la mayoría de los Servicios de la Consejería. Al llegar al hall de acceso a las instalaciones administrativas, activé como un autómata el molinillo que controlaba la entrada y salida de los funcionarios con la tarjeta de identificación, y ni siquiera contesté al saludo del ‘segurata’ que controlaba el arco de entrada de visitantes. Nada más pisar la calle encendí un cigarrillo mientras cavilaba sobre el mejor sitio donde tomar un café tranquilo, sin tener que oír constantes saludos de compañeros de trabajo o, lo que es peor, verme forzado a aceptar la invitación de cualquiera de los múltiples usuarios de los servicios y tramitaciones de los que soy responsable. 

Callejeé un rato al albur hasta que di con una cafetería que aun no había colocado las mesas de la terraza, tal vez por la amenaza de tormentas que anunciaban los pronósticos meteorológicos. Entré y me senté en la mesa más alejada de la puerta de entrada, no sin antes especificar la comanda al personal que atendía la barra. Y una vez que di cuenta del café con leche y del cruasán a la plancha que había solicitado, traté de digerir lo que había ocurrido a primera hora de la mañana, y de analizar posibles soluciones a los problemas que derivaban de lo acaecido, que brevemente podían resumirse como viene a continuación.

No había revisado siquiera los correos electrónicos de mi ordenador, cuando me convocó a su despacho el político de turno que en esta legislatura tenía el poder, o eso creía él, de hacer y deshacer lo que se le ocurriese o le sugiriesen personas de su confianza, sin tener en cuenta nada de lo legislado hasta el momento. Y sin saludarme ni invitarme a sentarme, me entregó una carpeta aclarándome que contenía una petición de subvención correspondiente, según dijo, a esa convocatoria de ‘donaciones’ para hacer algo que, la mayoría de las veces, ni se controla ni se entrega. No me costó imaginarme que se refería a la ‘’Convocatoria de Ayudas a Grupos de trabajo, para la implementación didáctica de contenidos curriculares transversales’’, pero cuando me entregó la dichosa carpeta y fui a cogerla, la retuvo un momento y, mirándome a los ojos, me recalcó que tenía que ser una de las seleccionadas.

En cuanto volví a mi mesa de trabajo y antes de hacer nada de lo que tenía previsto, eché una ojeada al contenido de la carpeta y lo que vi me hizo fruncir el ceño y lanzar al aire una imprecación, corta pero rotunda. Miré a mi alrededor por si alguien la había escuchado, y al comprobar que nadie se había dado por aludido seguí con la revisión de los papeles. ¿Impreso de solicitud? Inexistente. Lo habían sustituido por un folio en el que figuraban el nombre del grupo (‘’Los/Las hierofantes de lo recóndito’’), los datos personales de los integrantes del mismo, y la cantidad solicitada para el trabajo (50.000 €). Y un único folio más en el que se daba un escueto resumen de lo que pretendían hacer esos autoproclamados hierofantes. Y aunque leí un par de veces lo que aparecía en ese segundo folio, no pude identificar lo que pretendían con el trabajo, al que titulaban ‘’Elaboración de materiales para potenciar la transversalidad de la educación sexual’’, ni en qué consistía concretamente la contraprestación a los 50.000 € que solicitaban. Y cuando ya estaba por introducir en la carpeta el par de folios, me di cuenta de un detalle en el que no había reparado, tal vez por el nerviosismo provocado por la manera en que había llegado la solicitud a mis manos. ¡¡¡No figuraba por ningún sitio el sello del registro de entrada!!! Y fue esa ‘nimiedad’ administrativa la que había subido mis niveles de hartazgo y me había impulsado a que tomase las de Villadiego sin avisar a nadie. Porque, además, esa ‘nimiedad’ lo mismo solucionaba que agravaba el problema.

Estaba a la puerta de la cafetería saboreando un cigarrillo antes de volver a atender mis obligaciones, cuando recibí un WhatsApp de uno de mis subordinados que, escuetamente, decía: ‘’El jefe pregunta por ti’’

Volví apresuradamente con la esperanza de que la ausencia de Registro de Entrada dejase finiquitado el tema y, después de pasar por mi puesto de trabajo para recoger la carpeta que contenía la petición de los ‘hierofantes’, me acerqué al despacho de mi superior jerárquico. Y me preguntó amablemente si había surgido alguna dificultad respecto a lo que me había ordenado. En plan sumiso, y aparentando estar apesadumbrado, le comenté que la petición carecía de un elemento fundamental que la invalidaba, pues el plazo de presentación de peticiones había finalizado hacía un par de días y carecía del imprescindible registro de entrada. Aquel dato ni le inmutó, y con toda la tranquilidad y seguridad de quien desconoce los trámites administrativos, me comunicó que preparase una Resolución para ampliar el plazo de presentación de solicitudes. Y en cuanto se me ocurrió invalidar sus sugerencia diciéndole que con una Resolución no puede ampliarse un plazo que aparece en una Orden, me dijo, desabridamente, que parecía que los funcionarios de carrera solo estábamos para contradecir y entorpecer a los políticos, y que le dejase el expediente ya que él mismo se encargaría de arreglar el ‘’insuperable’’ impedimento, repitiendo con retintín la palabra que he entrecomillado.

No habían pasado 48 horas, cuando me entregaron la ‘viajera’ carpetilla a la que habían unido, con un clip, un folio que contenía una declaración jurada del responsable del Registro de Entrada en el que afirmaba que la solicitud había entrado hacía una semana y que, por un descuido personal, se le había dado curso sin el sello correspondiente. Sin entrar a discutir la validez del escrito, y sabiendo que si no lo aceptaba se iban a encontrar otros subterfugios que complicarían aun más la resolución del problema, me limité a incorporarla al expediente general de la dichosa Convocatoria. Y acto seguido, le entregué el expediente completo al técnico que se iba a encargar de todo el proceso de su resolución.

En las semanas siguientes me olvidé del asunto, y lo retomé el día en el que volvieron a colocar encima de mi mesa el expediente de la citada convocatoria, al que se habían incorporado, entre otros documentos, el resultado de la valoración de las peticiones presentadas así como la propuesta de la resolución definitiva.

Como puede suponer cualquiera sin temor a equivocarse, no pude evitar el revisar el listado de grupos cuyas ayudas iban a darse por oficiales, buscando a mis ya ‘queridos hierofantes’. Y para mi asombro, no los encontré, lo que me descolocó totalmente. Como tenía la completa seguridad de haberlos incluido en el expediente, revisé las Actas de las reuniones de la Comisión de Valoración, pues ese era el único paso del proceso en el que podían haber sido excluidos. Y en una de ellas estaba claramente expresada la eliminación de su solicitud de ayuda, aunque no se decía nada de las razones que habían provocado tal decisión. Solamente se decía lo siguiente:

‘’Ante la propuesta del representante de centros públicos, y en todo conformes con las razones administrativas y técnicas aportadas por el mismo, esta Comisión acuerda no dar por válida la solicitud de ayuda del grupo ‘’Los/Las hierofantes de lo recóndito’’. Lo que se comunicará a los interesados para su conocimiento y toma de medidas que considere oportunas en contra de esta decisión’’

Por si acaso, reexaminé con más detenimiento que el habitual todos los papeles del expediente por si detectaba algún error o fallo y, al no encontrarlos, le di el curso normal para su publicación y ejecución, tratando de olvidarme toralmente del asunto.

Y mira por donde, un día en el que estábamos tomando juntos un café varios de los responsables de servicio de la Consejería, uno de ellos me preguntó si conocía a Fulanito de tal. Y yo le contesté que no, aunque advirtiéndole que no tengo retentiva para los nombres y menos aun para unirlos a personas de carne y hueso. Pero cuando añadió que era el representante de centros públicos que estaba a todas horas mariposeando por la Consejería, caí en la cuenta de su papel en la resolución de la convocatoria de ayudas e, inocentemente, pregunté por él. El hacerlo tuvo el mismo efecto que cuando se quita la chapa de una botella de cerveza que previamente se ha agitado con energía. Mi compañero de trabajo empezó a despotricar contra él, sin preocuparse de lo que pudiesen oír los que estaban a nuestro alrededor y, a tal velocidad, que lo único claro que pude captar era que estaba ‘’a partir un piñón’’ con mi Jefe. Y que le había hecho aumentar a la brava el presupuesto de actividades docentes de un centro amparándose en que lo habían definido como ‘’Centro singular Trans’’. Ingenuamente le pregunté que si eso de ‘Trans’ se refería a lo de la transversalidad curricular y si el montante del aumento presupuestario ascendía a unos 50.000 €, a lo que él me contestó a lo gallego, preguntándome a su vez qué cómo sabía yo lo de los 50.000 €. Me encogí de hombros, le dije que era una cantidad que se me había ocurrido a bote pronto, y traté de cambiar de conversación.

Y como se comprenderá, cerré definitivamente el tema con la conclusión de que en la Administración hay fantasmas que, por caminos inescrutables, encuentran siempre la salida adecuada.