Semana del 26 de octubre al 1 de noviembre del 2014
Como la ya famosa pasarela, que
creíamos acabada, sigue en obras y he decidido que no le hago ni una fotografía
más hasta que esté preparada para la inauguración del Paseo, la Tatiqui y el
menda nos hemos trasladado a la orilla del mar, junto al grupo de eucaliptos
que siempre ha constituido nuestro lugar de reposo.
LOS EUCALIPTOS
PLAYEROS (29 DE OCTUBRE 2014)
Y allí hemos llegado a un
acuerdo. A cambio de mi ayuda para adecentar el espacio en que solemos
descansar, ella ha prometido que aguantará el que le explique en qué consisten
el resto de estrés de los que tomé nota la semana pasada. Así que me he puesto
a trasladar la variedad de residuos sólidos que han dejado las familias
‘playeras’ el fin de semana a los alrededores de los contenedores que hay
dispuestos en las proximidades, y a hacer montoncitos con las hojas de
eucalipto esparcidas por todos lados.
AUNQUE NO SE VEAN,
HAY MONTONCITOS (29 DE OCTUBRE 2014)
Y casi sin darle tiempo a dar una
nueva orden, le he contado lo que pongo a continuación, donde he suprimido
algunas digresiones de los jubilados no aptas para ciertos oídos. Eso sí,
colocándonos de tal manera que la vista de la Concha alegrase nuestras
entretelas.
LA CONCHA EN OTOÑO
(29 DE OCTUBRE 2014)
Estrés
de las viudas.-Se parte de la
premisa de que la denominación de este tipo de estrés no es consecuencia del
machismo generalizado de los varones de cierta edad. Lo que pasa es que se
refiere a las viudas que por diversas razones, ellas sabrán, acuden
cotidianamente, o casi, a la parroquia correspondiente. Y no creo que nadie
tenga datos para contradecir el hecho de que en las parroquias viudas, haberlas haylas, pero viudos…
Y este estrés, o sus síntomas, no aparecen
en cualquier momento, sino solamente cuando existe la posibilidad o el rumor de
que van a cambiar de párroco. En ese momento, el encaje del papel y funciones
que cada una de ellas tenía o creía tener en la vida parroquial peligra o, por
lo menos, eso es lo que perciben algunas de ellas. Y son éstas las que son
presas de esos primeros síntomas del estrés: nerviosismo, ansiedad,… Y en estas
viudas se desata una actividad frenética para obtener el mayor número de datos
sobre el futuro próximo.
¿Cuándo se va a producir el cambio?
¿Quién va a ser el nuevo párroco?
¿De dónde viene?
¿Es
de aquí o de esos que vienen de Hispano-américa o de los países del este?
¿Qué edad tiene?
Como es natural, todas estas preguntas van
teniendo respuestas diferentes en función del tiempo que pasa y del número y
tipo de personas a las que se requiere una respuesta.
Y es en los momentos previos al cambio de
párroco cuando se percibe más nítidamente en el ambiente las consecuencias de ese
dicho que afirma que ‘’la información es poder’’: viudas que caminan más
erguidas que de costumbre y con una sonrisa angelical; otras más
cariacontecidas y desganadas, y, la mayoría, andando desnortadas como las
gallinas en el corral cuando les falta el que tiene el mando en plaza.
Menos mal que este estrés previo al cambio
no durará más allá de un mes o dos después de la toma de posesión del nuevo
párroco, y se transformará en una depresión más o menos profunda en las
descartadas, y en un aumento de la autoestima y de los gestos de suficiencia en
las elegidas.
Estrés
funerario.- Este tipo de
estrés aparece fundamentalmente en las poblaciones de no más de 15.000/20.000
habitantes. Sus momentos álgidos son los meses que van de noviembre a marzo,
meses en los que se producen una gran parte de los decesos de personas mayores
de 70 años. No se sabe por qué, pero estas personas tienen un olfato especial
para captar en el ambiente que uno de sus coetáneos ha desaparecido. Y valoran
en tan poco la vida que les permite vivir esta sociedad moderna, que aplican a
esta desaparición la manida frase de que ‘’han pasado a mejor vida’’. La
noticia del fallecimiento no necesita de periódicos ni de pasquines, pues corre
de boca en boca en las reuniones habituales o accidentales de jubilados,
acompañada de un sinfín de detalles que permiten identificar al occiso:
‘’Sí hombre, es aquél al que paseaba un
hispanito en silla de ruedas y le llevaba a tomar un café con leche al bar de
la plaza’’;
‘’ ¿No te acuerdas? Aquella señora que subía
renqueando las escaleras de la parroquia y se ponía siempre en el primer
banco’’;
‘’Lo tienes que conocer. Un hombrón que
siempre que perdía al dominó en el Hogar del Jubilado soltaba unos tacos con un
vozarrón que le oían desde el paseo marítimo’’.
Hasta a veces, este boca a boca lleva a
confusiones en la identificación lo que puede provocar, si no estrés, sí un
síncope cuando se encuentra uno con el que se supone muerto y enterrado, en la
barra de una cafetería tomando una caña.
Pero el estrés funerario no se produce por
la noticia en sí, ni por el aviso que supondría la desaparición de uno de los
que componen la hipotética lista por edad que cada jubilado tiene en la cabeza.
Ese estrés es consecuencia de las múltiples actividades a las que se ven
abocados los compañeros de tertulias o simplemente conocidos del finado o
finada, que en esto nunca ha habido discriminación de género. Velatorio,
entierro, misa ‘corpore insepulto’, misa de los siete días, misa del mes,… La
asistencia a estos eventos y el canguelo de que uno mismo puede estar en boca
del resto por los mismos motivos, son las causas de la ansiedad y depresión que
desembocan irremisiblemente en un estrés que no desaparece hasta que un alzhéimer selectivo envíe el suceso y sus
detalles más nimios a los arrabales de la conciencia.
Estrés
fisiológico.- Es un estrés
fácil de entender pero, a su vez, tiene múltiples causas que muchos pueden
considerarlas como inocuas, intrascendentes o no creíbles. El cuerpo humano,
como cualquier mecanismo complicado, puede alterar su funcionamiento por
motivos casi infinitos. Pero hay uno que no puede eludirse y que afecta a todos
por igual: la edad. Es verdad que afecta de distinta manera a unos que a otros
pero, poco o mucho, deteriora a todos. Entre esas numerosas situaciones que
pueden desencadenar estrés en las personas mayores, hay dos que voy a tratar de
describir por ser una de ellas pública y notoria y la otra, en cambio, oculta,
íntima y muy difícil de explicitar por las personas que la padecen.
A la primera de ellas le podíamos adjudicar
el nombre de ‘’ la del Ambulatorio’’, aunque en realidad sea la situación final
de una amplia gama de sucesivas sensaciones que sufre el sujeto afectado:
hormigueo en las extremidades que pueden provocar despertares angustiosos;
mareos inopinados en ocasiones tan fútiles como atarse los zapatos o colocarse
unas zapatillas; dolores de cabeza que aparecen después de intentar seguir
atentamente los dimes y diretes de programas como ‘Sálvame de Luxe’;
taquicardias que se manifiestan cuando intentas defender con todos los
argumentos a tu alcance que una ensalada debe de estar ‘’bien aceitada y poco
avinagrada’’ y nadie te hace caso;… Y cuando intentas convencer al allegado más
próximo para que te acompañe al médico, lo único que escuchas por respuesta es
que lo que le pasa a uno es normal, no tiene importancia, o, lo que es peor,
esa frase tan manida
‘’¡No le des importancia! ¡Son cosas de la edad!’’.
O esa
otra no menos cáustica:
‘’¿No será que se te ha olvidado tomar alguna de las
pastillas que te recetaron?’’
Y solo cuando le ven a uno como deprimido durante
una semana, desganado, dando tumbos como un fantasma por las habitaciones de la
casa, se deciden a pedir una cita con el médico de cabecera. Y lo que parecía
que iba a tranquilizar al paciente, desata una desazón nerviosa auspiciada por
lo que se pone a imaginar que va a pasar en el Ambulatorio, empezando por esa
espera que nunca se puede dimensionar a no ser que el galeno no haya llegado
por alguna incidencia y uno tenga el número 27. El paciente acaba pensando que
lo mejor es ‘dejarse morir’, o tomar simultáneamente las 35 píldoras que
acabarán recetándole para que las tome a lo largo de la semana, y cuya cadencia
y momentos de ingesta es imposible de memorizar.
La otra causa de estrés fisiológico está
adquiriendo cada vez más importancia en los círculos de especialistas en
geriatría, hasta tal punto que proponen que se bautice al estrés que producen
con el nombre de ‘’Estrés del salvaslip’’ . Y afecta mucho más a los varones
que a las hembras, sin que esto signifique ningún tipo de discriminación. Lo
que pasa es que ellas están acostumbradas desde la pubertad a adminículos con
fines semejantes, mientras que ellos tienen ya olvidados, si alguna vez lo han
podido recordar, la época en que gateaban o corrían con aquellos dodotis del
siglo pasado.
Con la edad, y con independencia del sexo, los músculos de los
esfínteres se debilitan, y cualquier fallo en los mismos tiene consecuencias
fatales para la ropa interior que toma unos tonos que van del amarillo al
pardo, a veces sin solución de continuidad. Y, ¿qué tiene que ver esto con el
estrés? Muy sencillo. Los varones tienen que elegir primero la ropa interior
más adecuada para ‘’implantar’’ el salvaslip. No vale comprarse modelitos
Beckham o Cristiano Ronaldo porque su
diseño está hecho para lucirlos en suites presidenciales y no en un dormitorio
de jubilados. Tampoco valen los calzoncillos clásicos pues, en este caso, los
salvaslip quedan a una distancia de los esfínteres que los hacen prácticamente
inútiles. Al final, el sujeto llega a la conclusión que lo mejor es comprarse
slip Abanderado y un par de tallas inferior a las que correspondan, para que
queden bien apretaditos.
Pero aquí no acaba todo, porque a continuación viene
el problema espacial de la colocación. ¿Centrado? ¿Un poco a la izquierda? Cada
modelo y talla del Abanderado tiene su aquél, y solo la experiencia aportará la
respuesta adecuada. Y por si esto fuera poco, quedan todavía las dudas,
inquietudes, y sospechas que surgen durante su utilización.
¿Estará siendo
efectivo?
¿Se habrá desplazado de su posición inicial?
¿Aguantará sin que
traspase?
¿Me manchará el pantalón en zona visible?
Como puede deducirse, el
nerviosismo, la ansiedad, la angustia y la depresión que producen los fallos de
colocación, bien merece que se incluya el ‘’estrés del salvaslip’’ entre las
enfermedades típicas de la tercera y cuarta edad.
Yo intenté seguir, explicando el
estrés de las personas que, a regañadientes o forzadas,, ingresan en las
Residencias de ancianos pero, como es natural, la Tatiqui me hizo callar, harta
de este tipo de digresiones, y me prometió que la próxima vez que se reuniese
conmigo iba a traer tal listas de cosas que hacer que iba a estar callado más
de un mes.
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