sábado, 3 de noviembre de 2018


Semana del 28 de octubre al  3 de noviembre del 2018


Y después de los 80, ¿qué?(II y último)


Es curioso, pero cuando te jubilas y emprendes uno de esos viajes en los que has estado soñando toda tu vida, parece que quieras acabarlo lo más rápido posible. Si vas en avión, llegas al aeropuerto con dos o tres horas de adelanto para poderte poner el primero en las colas de facturación. Y una vez que te olvidas del equipaje, te diriges lo más deprisa que te lo permiten tus fuerzas hacia la puerta de embarque correspondiente. Y si el recorrido previsto es en coche propio, madrugas e intentas llegar a tu destino lo antes posible. A partir de los 80 todo cambia. Procuras hacer el viaje de día, pues conducir de noche no te parece tan agradable y sugerente como cuando eras joven. Vas tranquilamente disfrutando de una conducción reposada, sin inmutarte cuando te sobrepasan camiones o autobuses. Y cuando te sobrepasa a más de 140 km/hora un R-5 con matrícula antigua, sonríes socarronamente e intentas no perderlo de vista por si se descuajeringa ante tus ojos.

Y hablando de coches.  Si uno tiene intención de cambiar de coche y hacerse con uno que tenga todas las comodidades y adelantos tecnológicos, hazlo antes de los 80. Y eso, porque a partir de esa edad hay un inconveniente muy serio, y es que las financieras te consideran un producto de caducidad inmediata y te exigen un aval  para cualquier préstamo, por pequeño que sea. Y esta situación concreta manifiesta claramente cómo te consideran los que no pertenecen a ese mundo particular que constituyen el grupo de jubilados.

Para los críos eres, en el mejor de los casos, alguien que puede contar historias que, por descabelladas e insólitas, les entretienen, disparan su imaginación y siempre les parecen distintas aunque solo se diferencien en pequeños detalles. Y en el peor de los casos, eres para ellos como un juguete al que pueden hacerle diabluras más o menos atrevidas en función de su aguante y de la proximidad de sus progenitores.

¿Y cómo te relacionas con los jóvenes con los que no tienes ningún vínculo directo de consanguinidad? Si por circunstancias casuales tienes alguna relación con ellos o sus progenitores que vaya más allá de lo ocasional o indirecto, esa relación se inicia casi siempre a raíz de problemas académicos o psicológicos. Pero si eso te hace ‘tilín’ cuando estás recién jubilado, a los 80 te ‘resbala’ y prefieres no complicarte la vida que ya te has montado, y en la que sortear con eficacia los achaques que te van surgiendo ya te da suficiente entretenimiento. Además, en estos tiempos, los jóvenes no saben relacionarse con el resto de los humanos a no ser por facebook, whatsapp o instagram.

Y en cuanto a los adultos que tienes próximos en tu nuevo entorno, y que la mayoría de las veces se reducen a tus vecinos de urbanización, has ‘quemado’, por una u otra razón, los puentes que inicialmente habías tendido. Los quince años que han pasado desde la lejana fecha de tu jubilación es tiempo más que suficiente para haberte hartado de discutir sobre problemas de la comunidad cuya solución nunca satisface a todos.

O sea, que te has convertido en una pareja ‘Robinson Crusoe’. Has ido conformando un islote en el que vives y disfrutas de todas aquellas cosas que antes considerabas ‘menudencias’ o entretenimientos de la vida ordinaria: ir de compras solo o acompañado por tu pareja, planificar y realizar viajes para mantener contactos familiares o para rememorar estancias pasadas y, sobre todo, ejecutar las rutinas  diarias de una manera que resulte llevadera y, a poder ser, divertida. Y siempre teniendo en cuenta una serie de consejos y/o sugerencias, entre otros muchos, que dicta la experiencia:

- Date los caprichos que te permitan tus ingresos, pues el ahorro, los planes de pensiones, las inversiones y demás zarandajas, ya no te prolongan la vida ni te protegen de los planes económicos de los políticos.

- No hagas esfuerzos que tu experiencia te dice que puedes poner en un compromiso a tu zona lumbar o el funcionamiento de tus esfínteres.

- No cruces los pasos cebra corriendo ni sin mirar antes a todos lados, pues hasta los coches autónomos están programados para cargarse antes a un ‘vejete’ que a un inconsciente, sobre todo si éste es joven.

- Celebra con los de tu generación el mayor número posible de reuniones en las que puedas contratar, compartir, relatar,…, los recuerdos que se te ocurran, sin que haya jovenzuelos que te interrumpan, te corten bruscamente, o te intimiden para que te calles.

- No te pongas en corrientes de aire aunque la temperatura ambiente alcance los 35ºC, ya que un catarro, a nuestras edades, se convierte en neumonía en menos de lo que canta un gallo.

- Piénsatelo mucho antes de ingresar e integrarte en un grupo con edad media menor de 45 años, pues te sentirás como un florero al que se le atiende cuando tiene las flores en tal estado que les induce a pensar que lo mejor es cambiarlas y olvidarse de paso del florero.

- Evita cenas ‘a calzón quitado’, por mucha hambre que tengas, pues te pueden provocar, como mínimo, una noche toledana y, como máximo, el tener que llamar al 112.

- No se te ocurra cortarte las uñas de los pies porque, si lo intentas, tendrás que llamar a un quiropráctico para poderte poner en pie en una posición normal y, en casos extremos al 112. ¡Búscate un buen podólogo!

-…

Y no sigo.

sábado, 27 de octubre de 2018


Semana del 21 al 27 de octubre del 2018

Pues esta semana, no seguimos.

Es preferible admirar las cosas que logra la naturaleza si se la trata con mimo. Y como muestra, se adjunta la evolución de una planta de acebo.

En marzo presentaba este aspecto



Y a finales de octubre había vuelto a florecer







domingo, 21 de octubre de 2018


Quincena del 7 al 20 de octubre del 2018

Y después de los 80, ¿qué?


Lo acaecido en días pasados en relación con el viacrucis que supuso la resolución del problema telefónico, me ha llevado a reflexionar sobre los ámbitos en los que un jubilado puede hablar con más o menos libertad.

A estas edades somos conservadores por naturaleza y, si has vivido épocas en las que te hubiese gustado cambiar las cosas y hasta te hayas unido a grupos más o menos revolucionarios, ahora te rías de tus propios arrebatos reformadores tanto si proceden de la izquierda, como si los proclaman como promesas los del centro o los de la derecha. Pero no todos. Hay gente entre los de nuestra generación, sobre todo entre los que consideran que la pensión que perciben no se corresponde con los esfuerzos y sacrificios que hicieron durante su vida laboral, a los que las proclamas sobre cualquier aumento de los precarios ingresos que les hace el ‘papá estad’ a fin de mes, les alegran el oído y les despiertan la esperanza. Y hasta les disminuyen los achaques que, en otras circunstancias les impedirían salir a manifestarse contra viento y marea.

Pero vayamos al grano. ¿Con quién y de qué puede hablar un jubilado de mis características? Profesional de la educación, funcionario saltarín que ha picoteado en casi todos los niveles, y trasplantado ‘motu propio’ a un lugar que está a mil kilómetros de lo que era su hábitat natural durante los últimos veinticinco años. Hagamos un repaso.

Y vamos a empezar por los contactos habituales y cuasi obligatorios de todos los días en los que siempre hay algo que comprar y, si no, uno se los inventa para no aburrirse. Para estos casos, lo primero que hay que hacer es una matización muy importante: no hablas, sino que escuchas. Y los temas suelen ser de lo más variado. Lo mismo te hablan de la ignorancia supina que manifiesta la juventud en relación con gestiones que a los ‘antiguos’ nos parecían tan sencillas como comprar el pan (‘’¡Ah! ¿O sea que para comprar un sello de correos no hace falta dar la dirección propia ni enseñar el DNI?’’), como te explican con todo detalle cómo se hizo su pariente una herida en el pie con la radial cuando arreglaba una cerca y las consecuencias que ese ‘detalle’ ha tenido en la recolección de tomates ecológicos.

Capítulo aparte merecen las llamadas telefónicas de toda índole y sobre temas de lo más variados. Con esto de los ‘’big data’’,  el que llama para hacerte alguna oferta sabe más de tí que la madre que te parió. Si es de una compañía telefónica ya conocen lo que pagas a la que te suministra sus servicios, y tratan de convencerte que con la que representan ellos vas ahorrar un montón de dinero. Y al final no te queda más remedio que decir a tu interlocutor que lo que quieres y te gusta es gastarte el dinero porque no quieres dejar ni cinco a tus allegados. Y mejor no hablar de los seguros de deceso. ¡Si cuando me muera, yo no voy a pagar ni un céntimo de lo que cueste mi entierro!

La única ventaja que tienen los años es el ‘’haber cruzado la línea invisible’’, tal como dice Pérez Reverté en su artículo del XL del 23 de septiembre último. Es decir, poder pensar y decir lo que quieres sin ningún tipo de autocensura. Lo peor de este principio es que los ámbitos en los que puedes aplicarlo son mínimos, ya que las personas dispuestas a escucharte se pueden contar con los dedos de una mano, y aun te sobran dedos. Los jóvenes se las saben todas y, como mucho, te interpelan para preguntarte la hora, para pedirte una ‘ayudita’ que les permita ir a divertirse a la feria del pueblo más próximo o directamente 10 euros para recargar el móvil. Y los de más edad, sobre todo si están inmersos en una vida laboral ajetreada, consideran que tus opiniones están ya pasadas de moda, que tus posibles recomendaciones están fuera de contexto y, solo esporádicamente, se interesan por tu salud y tus achaques, si los tienes.

Pero siempre queda por abrir una puerta a la esperanza: contactar con los de tu generación el mayor número de veces posible. Mientras puedas, reunirte con ellos para desgranar hechos y rememorar historias pasadas que siempre son las agradables pues, gracias a dios, las desagradables son las primeras que se olvidan. Y si ya no puedes trasladarte con facilidad ‘por tierra, mar y aire’, ahí están los medios de comunicación modernos, aunque la verdad es que, por nuestra iniciación tardía, lo único que utilizamos con cierta destreza es el correo electrónico.

Pero no hay que desanimarse. A partir de los ochenta aun quedan muchas cosas que podemos hacer, pero siempre evitando aquellas que pueden provocarnos más males que beneficios. Seguiremos.

domingo, 7 de octubre de 2018


Quincena del 23 de septiembre al 6 de octubre del 2018

A partir de ciertas edades, o te enganchas a las redes sociales y te reciclas en las expresiones y el léxico de las nuevas generaciones, o te resignas a no poder hacer gestiones telefónicas para poder solucionar problemas tecnológicos, ya sean de internet, de TV, de teléfonos fijos o móviles, o de cualquier otra cosa más o menos automatizada.

Y para muestra un botón

Los antiguos, no sé por qué, seguimos enganchados al teléfono fijo. No hemos vivido mucho tiempo en este mundo de los denominados en muchos países ‘celulares’, y mucho menos nos hemos implicado vitalmente en sus desmedidas prestaciones, y el teléfono fijo nos parece un artilugio más seguro y más apropiado para charlas prolongadas o para gestiones a las que damos importancia: no se corta la comunicación por falta de cobertura ni porque hayamos puesto el dedo donde no debíamos. Y como es natural (para nosotros), en cuanto te quedas sin línea, procuras por todos los medios solucionar el problema.

Lo primero que hice fue ponerme el auricular al oído y tocar todos los botoncitos de los que dispone un DOMO. Marcar, Desactivar, Mensajes, Agenda,…¡Bueno! A decir verdad, todos no. No me atreví a apretar el botoncito rojo en el que ponía ‘’112’’, por si provocaba la llegada de una ambulancia con la sirena funcionando, y la situación me obligaba a ‘’embarcar’’ a mi señora camino del hospital, con la excusa de un episodio agudo de EPOC. Hice lo mismo en el aparato inalámbrico de que disponíamos, pero con mucho menos entusiasmo y rigurosidad, aunque con el mismo resultado: ‘cero patatero’.

Inicié con desgana el repaso de los puntos de conexión ubicados en esa especie de enchufes que los instaladores te dejan en las paredes pero que, como siempre, tienen la ‘delicadeza’ de ponértelos en sitios discretos y casi inaccesibles. En consecuencia me vi obligado a desplazar el sofá y hacer algo similar a los ejercicios de barras paralelas, pero debido a mis limitaciones gimnásticas, me conformé con una inspección visual, sin comprobar que la clavija del hilo telefónico estuviese bien insertada en su receptáculo.

Al llegar a la conclusión de que no estaba en mis manos el retorno de la ‘línea’, hice lo único que se me ocurrió en ese momento, es decir, llamar a la compañía telefónica con….¡el móvil! Y en ese momento empezó mi calvario.

No conseguí ponerme en contacto con alguien de carne y hueso, o dicho de otra manera, con alguien que tuviese nombre, apellidos, y DNI o pasaporte (como te solicitan siempre en las compras por internet), hasta después de varios intentos. La razón es muy sencilla. Entre que no oía lo que me decían; cuando oía y escuchaba atentamente la relación que había entre cada uno de los números que citaba una voz impersonal y el tema al que estaban asociados, y cuando llegaba la frase ‘Si su tema no es ninguno de los anteriores, pulse el 7’, ya no me acordaba de qué efecto tendría el apretar el 1; y como además se me cortaba la comunicación por alguna causa para mí desconocida, acabé por llamar y esperar a que se acabase la retahíla de recomendaciones, pues en el intento previo había percibido que acababan diciendo algo así como

‘’Si no es nada de lo anterior, le pasamos la comunicación a uno de nuestros comerciales’’

Pero, …¡mi gozo en un pozo!, ya que la primera vez que lo intenté, y después de varios intervalos musicales interrumpidos solo por la frase ‘’En breves momentos le atenderemos’’, surgió otra vez la voz impersonal para advertirme que todas las líneas estaban ocupadas y que el tiempo de espera podía ser de hasta cinco minutos. Así que corté la comunicación y traté de relajarme fumando un cigarrillo, a pesar de ser consciente de que ese simple acto iba a acortarme la vida. Y el estrés que se me estaba generando, ¿qué?

Después de varios intentos más, logré establecer comunicación con una persona de carne y hueso, y que se me presentó amablemente con el nombre de Lucía ‘no sé qué’. ¡Que la santa homónima le conserve la vista! Me refiero a la ‘vista’ para detectar cuál es la mejor vía de asesoramiento para los clientes a los que presta asesoramiento. Porque en mi caso, y a la vista de los resultados, no fue así.

Lo primero que hizo cuando le informé de que no tenía línea en el teléfono fijo, fue conminarme seriamente a extraer la ‘’roseta’’ del cable que partía de la base del aparato telefónico. Me quedé momentáneamente mudo, sin saber qué decir, y únicamente pude articular con timidez la frase ‘’¿Qué ‘roseta’?’’ Y con cierta contundencia, me aclaró que se estaba refiriendo a desenganchar el hilo telefónico de la toma que tenía al final del mismo. Tímidamente, traté de confirmar si se refería a la clavija que unía el aparato con la línea telefónica de la casa, y se limitó a repetir varias veces:’’¡Pues claro, la ‘roseta’, caballero, la ‘roseta’ !

La citada operación no produjo el efecto deseado y, en consecuencia, mi interlocutora, que supongo que seguía mis actuaciones por ordenador, me preguntó si tenía algún inalámbrico, y que si era así hiciese la misma operación en el mismo, es decir, desenganchar la correspondiente roseta del aparato. Nuevo fracaso.

Ante el nuevo panorama que se abría, la tal Lucía no se arredró, sino que se empoderó aun más, y sin cortarse un pelo, me dijo que cogiese el aparato telefónico, buscase el PTR del apartamento, e insertase en él la dichosa roseta.

Y ahí me veo yo llevando en una mano el aparato telefónico con sus cables colgando, y en la otra el móvil a través del cual mi interlocutora seguía percutiendo, como dicen ahora, con la misma cantinela: ‘’¡Busque el PTR! ¡Busque el PTR!’’ En un destello de clarividencia me ddi cuenta de que estaba refiriéndose a los terminales telefónicos que, como es normal en las urbanizaciones, estaban centralizados en un habitáculo especial que suele denominarse el RITI. Se lo comuniqué a quien seguía, imperturbable al desaliento, repitiendo lo del PTR, especificándole al mismo tiempo que el RITI estaba en la zona de garajes y, por tanto, sin cobertura. Deseándome suerte y recordándome al mismo tiempo lo de insertar la roseta, cortó la comunicación.

Y cualquiera puede imaginarse las siguientes escenas: a un menda bajando al sótano con mi DOMO bajo el brazo y llamando al conserje para que me facilitase el acceso al RITI; una vez dentro del recinto, mirar por todos lados tratando de identificar la caja metálica que contuviese todo lo referente a las líneas telefónicas; y por último, una vez identificada, abriéndola con el objetivo claro de localizar el PTR de mi línea. Y no se puede nadie imaginar cuál fue mi asombro al visualizar una auténtica maraña de cables telefónicos que entraban y salían de distintos dispositivos de plástico donde se perdían sus pistas, y sin la más mínima señal que pudiese indicarme cuál correspondía a mi número y, además, sin ninguna clavija visible en la que poder insertar la dichosa roseta. Visto lo cual, cerré el armarito de conexiones, salí del RITI, y me volví a mi apartamento con mi apreciado y, a estas alturas, querido aparato telefónico.

Llamé de nuevo a la compañía que me prestaba (y cobraba) los servicios, y saqué provecho de mi buena estrella. Al otro lado del hilo telefónico ya no oí la ‘dulce’ voz de Lucía, sino la de un caballero que, después de escuchar mis explicaciones, me tranquilizó, y me dijo que no me preocupara pues él mismo iba a rellenar un parte de incidencias para el personal técnico que se encargaría de arreglar la avería. Añadió que el técnico que se hiciese cargo del parte se pondría en contacto conmigo a través del móvil para acordar el momento más adecuado para realizar la visita.

Y a partir de ese momento todo fue como la seda: mensajitos al móvil pormenorizando detalles de la avería; llamada del técnico con anuncio de visita; llegada del mismo a la hora indicada; toma de datos específicos del problema ‘in situ’; y, por fin, resolución del mismo.

Cuando acabó todo, y teniendo ya la línea restablecida, llegué a una conclusión: cualquier problema imprevisto, por simple y pequeño que sea, te desestabiliza mental y psicológicamente. Tardé como mínimo 24 horas en funcionar en régimen normal, aunque aún sufro alteraciones puntuales del sueño, con pesadillas en las que estoy en un laberinto del que no puedo salir a pesar de que, en cada recodo, aparecen carteles con una flechita indicando por donde se llega al PTR, al RITI, y que, como es natural, no hago ni caso.

Nota.-Las palabras y siglas DOMO, PTR, RITI, ROSETA, seguro que se explican en Google

lunes, 24 de septiembre de 2018


Semana del 16 al 22 de septiembre del 2018

Mazagón a los 80 (IX y último)

18 de julio

No sé si he tenido una pesadilla en los momentos previos al estado de vigilia, pero el caso es que me he despertado inquieto y mirando a mi alrededor, tratando de recordar el sitio en que me encontraba. Cuantos más años tienes, más se exagera la necesidad de dominar tu entorno, y más reacio se vuelve uno a cambiar el lugar donde duermes y vives habitualmente por otro desconocido. No hay nada más angustioso que levantarte a media noche y no saber con certeza dónde está el baño.

En el desayuno se ha dado una circunstancia extraña y es que, al contrario de la mayoría de las veces, todo el mundo tenía necesidad de mantequilla, por lo que se han vivido unos momentos de desabastecimiento con las consiguientes prisas y hasta empujones por hacerse con las últimas raciones. Y eso que Danacol sigue ‘machacando’ con sus anuncios intentando que bajemos el consumo de grasas o que, si no renunciamos a ellas, nos hagamos adictos a sus productos. Me da la impresión de que los anuncios y reportajes sobre los efectos nocivos del aceite de palma haya inducido a que la gente se fie más de los derivados directos de la leche de vaca y que, por si acaso, reduzca el consumo de margarinas.

Tal vez debido a que era el último día de nuestra estancia en el Parador, la elección de las hamacas fue más difícil de lo normal. De entrada, nos colocamos en las que estaban junto al acceso a la zona de la piscina que también eran las más próximas a los servicios. La llegada de la segunda pareja acompañada de sus churumbeles dando gritos de alegría y abrazados a sus flotadores, nos convenció de que estaríamos más tranquilos alejados de esa entrada, y nos trasladamos con nuestros bártulos a otra sombrilla. Al cabo de no mucho tiempo, unos diez minutos aproximadamente, y no recuerdo bien si fue porque la sombra de que disponíamos no era la adecuada por su tamaño u orientación, doblamos las toallas, las metimos en las canastas piscineras junto a los libros, la radio y demás, y…¡de hamaca a hamaca y te aguantas por la matraca! Y ya no cambiamos, más por agotamiento que por las cualidades y situación del nuevo emplazamiento.

En el intento de probar todos los servicios del Parador, hice una excursión hasta la cafetería para comprobar si podíamos comer en el jardín del que disponía. Si la gestión resultó un fracaso, no fue menos deprimente el comprobar, cuando llegué al lugar donde nos habíamos instalado, que el camino de vuelta se me había cagado encima un pájaro que, gracias a Dios, era de pequeño tamaño y no una gaviota de esas que revolotean a todas horas en las zonas de costa.



Menos mal que el pargo que nos sirvieron en la comida compensó en gran parte las vicisitudes padecidas por la mañana, lo que nos permitió volver animados a nuestra habitación para descansar e ir preparando el equipaje.

La despedida fue de lo más ascética: un sándwich misto para los dos. Y con ese escaso bagaje alimenticio nos fuimos a descansar, pensando ya en el viaje de vuelta.


19 de julio

El desayuno casi normal, pues me di el gustazo de disfrutar del bufet, atrapando y engullendo un ‘xuxo’, con la esperanza de que esa masa azucarada y cremosa mantuviese mi estómago en silencio durante todo el viaje de vuelta.

El recorrido por las carreteras de Huelva hasta Sevilla transcurrió con retenciones cuya causa trajo a mi memoria recuerdos pretéritos. Aquellos tiempos de la postguerra en los que veíamos a los peones camineros de la Diputación de Guipúzcoa empujando sus carretillas llenas de grava con la que iban rellenando los baches de la carretera antes de amalgamarla con lo que entonces conocíamos con el nombre de ‘galipot’. Y ahora, casi 80 años después, con otros medios más modernos, seguían haciéndolo en una autovía de alta densidad de circulación….¡a media mañana! ¿Es que no hay otros intervalos de horas con circulación más escasa en que pueda hacerse este tipo de reparaciones?

Aguantamos con estoicismo los no menos de cinco kilómetros de coches con que tropezamos un par de veces, y llegamos sin más problemas a San Pedro de Alcántara, donde lo primero que hicimos fue recoger las rosas que florecían en nuestra terraza




domingo, 16 de septiembre de 2018


Semana del 9 al 15 de septiembre del 2018


Mazagón a los 80 (VIII)


17 de julio

Es curioso pero, con la edad, entra en juego una nueva fase del sueño poco estudiada: la de las pesadillas ancladas en recuerdos remotos. Y las hay de dos clases: las angustiosas para el sujeto que las padece, y las inocuas, que reproducen situaciones vividas aunque trufadas con detalles que las desfiguran. Las primeras suelen tener lugar en las horas de sueño profundo, y provocan despertares bruscos a media noche y que, una vez comprobado donde te encuentras y con quien duermes, dan lugar a un estado de vigilia que cuesta reconvertir de nuevo en un plácido sueño. Las segundas son propias de las horas previas y próximas al momento en que uno tiene que levantarse, y son las que tienen como consecuencia el estado de ‘remoloneo’ que se prolonga en función de las obligaciones que le apremien a uno: responder adecuadamente a las necesidades fisiológicas, evitar la hora punta que siempre existe en los bufet del desayuno y que hay que tenerlo calculado previamente, cumplir con la planificación de tareas acordadas al acostarte o, simplemente, salir del estado de aburrimiento que te origina el estar dando vueltas en la cama sin nada que hacer.

Pues la noche previa a este amanecer fue la de las pesadillas. La memoria remota, que procuro mantenerla en ‘stand by’ y a poder ser sin conexión neuronal con el resto del cerebro, debió de ponerse en marcha fortuitamente y me trasladó a la época en la que ejercía como profesor en Vitoria, cuando aun no era ni se la conocía como Vitoria/Gasteiz. Y me hizo revivir una serie de situaciones conflictivas con elementos y personas  reales de aquella época, pero que no tenían nada que ver con lo ocurrido o, por lo menos, con lo recordado en estado de vigilia. Discusiones con D. Tomás (otro profesor de aquel tiempo), viaje repentino a Escoriaza por un camino intransitable y lleno de precipicios, buceo en un estanque lleno de verdín en busca de unas gafas perdidas y sin las cuales me era imposible conducir y, por tanto, volver a Vitoria, …Y fue durante ese buceo cuando me desperté bruscamente y con una especie de apnea que me obligaba a respirar entrecortadamente.  Y solo después de un tiempo que a mí me pareció interminable, logré conciliar nuevamente el sueño, por lo que al despertarme ese día me hice el remolón hasta que me advirtieron que, si no me daba prisa, íbamos a llegar tarde al desayuno.

Salvé el ‘overbooking’ que me encontré en torno al servicio personalizado de huevos revueltos y demás especialidades, aprovechándome de mi conocimiento del proceso de elaboración con un par de fintas disimuladas y una sonrisa a la cocinera que estaba de servicio, al tiempo que le decía ‘’Lo de siempre’’, y dimos cuenta del desayuno tranquilamente.

Como habíamos observado que el número de grupos familiares había aumentado significativamente, tal vez debido al cambio de quincena, decidí bajar a la zona de la piscina a reservar hamacas lo suficientemente alejadas de las que había en torno a la misma, ya que suponíamos que éstas últimas serían las preferidas de las familias con niños. Me senté a fumar un cigarrillo relajadamente y, en el simple hecho de encenderlo, fui consciente de que era el primer día en el que no soplaba siquiera una brisa y que, por tanto, iba a ser el primer día de calor.

Me quedé pensando en lo que me esperaba, y llegué a la conclusión de que subir la cuesta y bajarla con las bolsas piscineras era mucho mejor ejercicio que barrer una terraza con plumbago en todo su perímetro. Así que subí, bajé acompañado, y nos colocamos en nuestras hamacas de cara a la pendiente donde estaban instalando juegos infantiles: Una especie de petanca voladora con pelotas de bádminton (por algo estábamos e la tierra de la tricampeona mundial); conos, tal vez robados de la delimitación de un área de control de la Guardia Civil,  para acertar en ellos con aros de distintos diámetros; dianas en las que clavar flechas disparadas con arco; y hasta un castillo inflable. Lo divertido era ver a padres ayudando a sus vástagos a superar las pruebas, aunque alguno de ellos se sintió Robin Hood y no soltaba el arco y las flechas ni para respirar, mientras su crío, sentado en la hierba, le miraba con cara de asombro mezclado de sana envidia.




En una de sus idas y venidas mi ‘partner’, al acercarse a su tumbona atravesó, sin darse cuenta, una zona ‘pantanosa’ de esas que se forman cuando riegas en exceso el césped, y de la que salió dando saltitos y con los pies pringados de barro, pringue que paso a las toallas playeras lo más rápidamente que pudo. Esto provocó que colocásemos las hamacas en la posición de ‘matrimonio bien avenido’ y nos permitió iniciar una conversación sobre la idoneidad, conveniencia o utilidad de comprarnos lo antes posible una silla de ruedas. Pero analizando la pendiente de la subida que teníamos que salvar, de más del 20%, y la consiguiente velocidad de bajada en caso de que se escurriese de las manos del portador, ¡involuntariamente ,claro!, concluimos que mejoro era dejarlo como estaba. Es decir, subir y bajar pasito a pasito y fijándonos dónde poníamos los pies.


La comida, como siempre. O lo que es lo mismo, sin poder probar las afamadas gambas de Huelva. Y la tarde, también como siempre, aunque esta vez con alguna alegría parcial en la partida de chinchón. Lo mejor, la cena gracias al bocadillo de jamón con tomate que nos prepararon.



lunes, 10 de septiembre de 2018


Semana del 2 al 8 de septiembre del 2018

Mazagón a los 80 (VII)
16 de julio(cont.)

La sucesión de imágenes que se habían ido acumulando se vio interrumpida por la repetición incontrolada e incontrolable de la melodía del móvil que me indicaba la entrada de las sucesivas llegadas de mensajes de todo tipo. Así que me dediqué a agradecer escuetamente las felicitaciones por la misma vía y, mientras tanto, nos preparamos para ir a desayunar.

A la vuelta nos instalamos o, por lo menos, me instalé en la terracita e intenté reflexionar sobre el paso de los años y sus consecuencias. Y digo ‘intenté’ porque en el jardín que se extendía desde yo estaba hasta la piscina se encontraba uno de los jardineros circulando a la máxima velocidad que le permitía la auto-segadora que conducía, y dibujando con ella ochos debido a los parterres circulares que encontraba en su trayectoria. Acabé quitándome los audífonos para evitar que el ruido del motor interrumpiera el hilo de mis pensamientos que estaban empeñados en encontrar una solución a la diferencia de nivel entre lo que te sientes capaz de realizar mental y psicológicamente y las prestaciones que, por los años, tienen tus condiciones físicas para realizarlo. Desnivel que no puede salvarse con un repintado restaurador que se hace a esas caretas que adquieres en viajes a países exóticos, y que permanecen años a la intemperie.



Por si ese ‘apaño’ del exterior pudiese tener efectos positivos, nos pusimos elegantes para disfrutar de una comida en el restaurante del Parador, y que acabó siendo simplemente ‘normal’, sobre todo porque a la petición de un postre       que se denominaba algo así como ‘’Rosa de Armagedón’ o de Aracena (ya no lo recuerdo), el repostero correspondiente respondió con un simple gofre sumergido parcialmente en un líquido que, por el sabor, semejaba a unas natillas diluidas.



Volvimos a nuestros aposentos, nos hicimos las consabidas fotos conmemorativas de la efeméride, descansamos, leímos, e inauguramos el campeonato de chinchón del segundo período de mi jubilación. Ese período al que los pesimistas intitulan ‘’¡NO ME LO CREO!’’  y los optimistas ‘’¡¡¡TOMA YA!!!’’, ya que son las frases que utilizan frecuentemente cuando hacen algo fuera de los común (para ellos), tales como subir un tramo de diez escalones sin descansar, cruzar un paso de cebra sin que se forme una fila de pacientes y educados conductores de más de cinco coches, bajar la basura sin perderse de vuelta a casa,….



Y después de sufrir el primer revolcón del campeonato, y ante la falta de ‘’feeling’’ con mi contrincante al que rogué que hiciese la vista gorda a pequeñas trampas, a lo que se negó alegando principios éticos inamovibles, decidimos dejar reposar la baraja e irnos a tomar un pequeño refrigerio.

La atención que nos prestó el camarero de turno fue especial pues, al ver la mochilita de oxígeno, nos confesó que el también necesitaba algo parecido para dormir por culpa de una apnea que padecía y que, por tanto, comprendía perfectamente nuestras limitaciones, sobre todo las de la afectada. Así que disfrutamos del servicio más rápido e impecable de la concurrencia.

Y así terminaron las celebraciones del 80 cumpleaños, aunque no nuestra estancia en Mazagón.